jueves, 11 de noviembre de 2010

Vivo para contarlo

Corría el año 1859 si no me equivoco, yo tenía una relación amorosa con un hombre de buen ver, alto, moreno y muy sentimental llamado Gustavo Adolfo Bécquer. Nos habíamos conocido hace varios años en una de las calles de Madrid. Aún lo recuerdo como si fuera ayer:


“1-11-1856, era una noche oscura, iba sola por la calle aterrada porque me seguía un joven encapuchado. Poco a poco iba andando más rápido y de repente, me choqué con un hombre con capa y barba. Me quedé hipnotizada al verle su cara de porcelana…El escucharle la voz terminó de enamorarme:

- ¿Está bien señorita?

- S…ssi, lo si…siento.-Conseguí responder balbuceando, con el cuerpo inundado en miedo. Puso una mueca.

- ¿Seguro?- Miré hacia atrás y el joven que me daba miedo ya no estaba. Me repitió la pregunta para sacarme de mis pensamientos.-¿Seguro?

- Sí, sí…Creo que tengo que aprender a ser más valiente.

- No es ningún pecado que una mujer tan bella como usted tenga miedo una noche así, cuando está sola.-Dijo caballerosamente.-Mi nombre es Gustavo, ¿puede concederme el suyo?

- Me llamo Elisa, Elisa Guillén.-Me besó la mano.

- Encantado. ¿Y puedo saber a qué se debe este encuentro?

- Necesitaba salir de mi casa y dar una vuelta… Digamos que no soy la preferida en la familia.

- Te acompañaré hasta tu casa.-Dijo repentina con seriedad.-Será mejor.

Nos seguimos encontrando y terminé mudándome con él para alejarme de mi familia-aunque a él no parecía hacerle mucha gracia. –Yo era ama de casa y Gusi se dedicaba al periodismo. La verdad es que nuestra situación económica no era del todo buena, pues estábamos continuamente en crisis. A Gusi no le gustaba trabajar demasiado y no se esforzaba lo suficiente en su trabajo, lo que nos llevaba a bastantes discusiones por día.

Al cabo de un tiempo, la crisis no era solamente económica, teníamos problemas de pareja y todo por el dinero. Decidí ponerle fin a esa situación. Pensé en dedicarme a la prostitución intentando que no se enterase, ya que era lo único que una mujer como yo podía hacer, pero la jugada me salió mal.

Al principio ponía escusas baratas: “He ido a pasar el día con unas amigas”, “he salido a dar una vuelta”,… Que aunque fueran simples, al menos servían de algo. Gusi no se preocupaba.

Un día, un conocido de Gusi vino al local donde yo trabajaba. Le pedí que no le dijera nada a mi novio y a cambio me pidió mis servicios sin tener que pagar nada. Yo acepté. Estuvo aproximadamente un chantajeándome. No podía más, a veces, al llegar a casa me lo encontraba charlando con Gusi. Con estas visitas, estos dos se estaban haciendo más amigos y yo tenía miedo de que le dijera algo. Opté por rebelarme y decirle que le dijera lo que quisiera, pero yo no iba a ofrecerle nunca más mis servicios. Creía que no iba a decirle nada por cobardía a que Gusi le preguntase como había llegado a esa conclusión. Al día siguiente llegué a casa. No había nadie. Entré a la habitación de mi enamorado y todas sus obras se habían marchado junto a él. Sólo encontré un escrito debajo de la mesa donde él pasaba todas las tardes:

“Cuando me lo contaron sentí el frío

De una hoja de acero en las entrañas,

Me apoyé contra el muro, y un instante

La conciencia perdí de donde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche,

En ira y en piedad se anegó el alma,

¡ y entonces comprendí por qué se llora!

¡ y entonces comprendí por qué se mata!

Pasó la nube de dolor…con pena

Logré balbucear breves palabras…

¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo…

Me hacía un gran favor… le di las gracias.

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