jueves, 9 de diciembre de 2010

El "caguetas"


Fui el otro día a casa de mi abuelo como todos domingos a la tardada. Me contó unas cuantas de sus miles de aventuras pero la única que me llevó a prestarle atención fue la siguiente:

Éranse las seis de la tarde cuando empezó a anochecer el día de los muertos. Yo tenía 12 años y el miedo era lo único que inundaba mi cuerpo al saber el día que era. Mi amigo Pedro “el caguetas” había asegurado aquella misma tarde que esa noche iría a la casa de los muertos a medianoche y haría una prueba para comprobar que no era un miedica. Yo estaba preocupado.

- Venga “caguetas”, si todos sabemos que no te atreves ni a dormir sólo esta noche. –Burlábase uno de la cuadrilla.

- No tengo miedo a la oscuridad y menos esta noche que es una cualquiera. –Se defendía Pedro.

- ¿No? ¿ Y nosotros cómo podemos saber eso? Tendrás que hacer algo para demostrarlo.

- Tendrás que hacer algo para demostrar que no eres un “caguetas”.

- ¡Y no lo soy! Os lo demostraré. Pero… ¿Cómo? ¿ Que prueba queréis? -Dijo para defender su orgullo.

- Podrías hacer una visita a los muertos esta noche. –Dijo un malvado niño con una grave voz. – Podrías pasearte entre las tumbas y hacer algo en ese terreno para que al día siguiente, nosotros subiéramos y lo viésemos.

Pedro se quedó blando y mudo como una estatua de doscientos años. Nadie hablaba después de escuchar la propuesta de aquel chico desconocido. Después de un largo silencio, Pedro contestó:

- De acuerdo, lo haré. No sé por qué esta noche en especial, pues es una noche cualquiera, pero lo haré. –Aseguró auto engañándose, pues era la noche de todos los santos.

Pasaron las diez, luego las once y finalmente llegaron las doce. Pedro estaba preparado para su marcha. Llevaba consigo un martillo y un palo puntiagudo que había pintado de azul mientras pasaba el tiempo hasta la hora de marchar. Emprendió el viaje hacia el cementerio con su bicicleta y ya allí, entró por la oscura verja que no poco chirriante consiguió abrirse. Pedro, intentando no creer en espíritu, fue convencido a atravesar la mitad de aquel cementerio. Pedro pasó las tres o cuatro primeras tumbas y allí, en medio del camino empezó con su trabajo de clavar el palo. No hacía más que oir ruidos y voces alejadas. Pedro escuchaba pasos y respiraciones. Le empezaron a entrar sudores fríos, empezó a recordar involuntariamente todas las historias de miedo que se sabía, estaba asustado.

La mañana siguiente sonó el teléfono de mi casa, era la madre de Pedro; No había pasado la noche en su casa. Quedé con todos de inmediato y fuimos al cementerio. Cruzamos aquellas malditas puertas y esas primeras tumbas que claro, acompañado y con luz no causaba el mismo efecto que mi amigo había experimentado. Nos encontramos a Pedro, ¡al cuerpo de Pedro! Había clavado el palo y se le había quedado enganchada una parte de sus pantalones. Pedro había creído que un espíritu le había cogido y esto le provocó un ataque al corazón. Pedro era un chico de palabra: Había cumplido su apuesta.

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