domingo, 13 de febrero de 2011

Invisible cadena que me ata a la vida

Estaba de viaje en París cuando conocí a aquella muchacha. Había asistido ya a la ciudad del amor en otras ocasiones pero nunca había tenido la suerte –o la desgracia si tu novia estaba a más de 1000 km. de allí- de estar en San Valentín. Cada esquina que cruzabas, veías a tres parejas mínimo cogidas de la mano, o dándose un beso, o tomándose algo juntos en uno de esos bares tan caros intercambiando miradas de enamorados.

Esta vez, mi viaje se debía al trabajo; mi novia me había asegurado que iba a venir conmigo si hacía falta pero yo, la verdad, prefería estar sin su compañía. Últimamente teníamos muchas discusiones y peleas de esas que te reconcilias en una hora como mucho y que, aunque parece que no son nada, sí que son: “Todo exceso es malo” que me dice siempre mi madre.

Mi empleo se había hecho cargo de todos mis gastos: el viaje en avión de primera clase, la estancia en un hotel bastante favorable, toda mi alimentación e incluso una preciosa joven francesa que me acompañaría y me guiaría en todo momento a todos sitios.

Llegué al aeropuerto “Beauvais” de París y ahí estaba ella: Danièle. Era de una estatura media, curvas perfectas, tenía tirabuzones de color chocolate y unos ojos verdes perfilados con un lápiz negro, que hacía que fuera lo que más le resaltasen de su preciosa cara de porcelana. Me puse tan colorado cuando le di dos besos que parecía que me iba a explotar la cabeza; mis orejas se habían convertido en tomates. Me guió hasta lo que iba a ser mi residencia durante los próximos 40 días.

Todas las mañanas quedábamos a primera hora para ir al sitio que me tocase. Si salía antes de lo previsto (he de admitir que yo hacía lo que fuera necesario para salir siempre antes), la llamaba y nos íbamos juntos a tomar algo y a conocernos. Siempre invitaba yo, me hacía parecer cortés aunque realmente yo no ponía ni un duro, mi trabajo se encargaba de todo, claro que ella no sabía nada.

Nos entendíamos a la perfección. Yo hablaba lo suficientemente bien francés como para entablar una buena conversación aunque hablábamos en español, pues Danièle estaba aprendiendo español y me rogó que le hablase siempre en mi lengua nativa. En dos días ya nos habíamos hecho uña y carne y conocíamos muchos de nuestros secretos. Yo no le había mencionado palabra de Estela, mi novia a la que, si soy sincero, no echaba nada en falta.

El 13 de febrero tocaba domingo, un día festivo en mi trabajo. Me habían dicho que podía tomarme el día libre y disfrutar de la bonita ciudad del amor. Como ya la había disfrutado otras varias veces años anteriores, decidí llamar a Danièle, con quién más iba a disfrutar. Quedamos en un café para tomar algo.

Llegué un poco antes de la hora prevista y me senté en una mesa con dos sillas. Pedí un chocolate y un croissant de esos que eran tan buenos allí, en Francia. No tuve que esperar ni dos minutos para ver a mi compañera, que venía con una de esas faldas a flores de la colección que tenía. En cuanto me vio, se le dibujó una sonrisa perfecta en los labios. Vino con un perfecto andar francés: estiloso y con gracia, y finalmente se sentó en la silla que tenía a un metro mío. Se aproximó para darme dos besos como siempre y se le pudo ver el escote al que, sin poder evitarlo, se desvió mi mirada. Mis orejas se volvieron a enrojecer, como cada vez que la veía y me tocaba; no era novedad.

Estuvimos hablando sin parar durante toda la tarde y después me convenció para ir a una discoteca a bailar. Supongo que me lo pasé en grande, pues no recuerdo nada desde una hora después de entrar en la discoteca hasta la madrugada siguiente. Me desperté en mi hotel que ya se había convertido en mi casa, al darme la vuelta en la cama, me percaté de que no estaba solo en mi cama.

Danièle descansaba a mi lado de la cama. Se despertó y parecía estar exactamente igual de desconcertada que yo. Estuvimos un rato mirándonos sin saber que decir, mi sangre se almacenó toda en mi cara y mis orejas cuando sin encontrar palabras para decir, Danièle me dio un beso. Realmente estaba enamorado de Danièle, probablemente más que de Estela.

Los días siguientes, salíamos todos días como una pareja. Yo formaba parte de esas parejas que en cada esquina se veían haciendo manitas, o dándose un beso o tomándose un chocolate caliente. Era consciente de que tenía a una mujer esperándome en Madrid y de que estaba completamente enamorado de otra a la que no iba a ver más pasados los 10 días que me quedaban de estancia en París.

Mi maleta ya estaba hecha, volvía a Madrid. Danièle lloraba desconsolada y me preguntaba que iba a pasar con nosotros. Yo tenía la cabeza hecha un lío: ¿Debía volver a Madrid y no contarle nada a Estela? ¿Debía quedarme en París y echar por la borda toda mi vida de Madrid? ¿Debía irme y empezar desde cero?... ¿Qué debía hacer?

Opté por la opción de contarle todo a Danièle, eso de que tenía una novia en Madrid pero que en realidad me gustaba ella e iba a ser capaz de quedarme en París y renunciar a mi vida en Madrid. No se lo tomó bien. Sin decir nada se fue del café en el que estábamos y me dejó solo con un problema más que solucionar. Insistí en llamarla varias veces pero no paraba de colgarme así que como mi avión iba a salir en menos de dos horas, decidí volver a mi ciudad y contarle todo a Estela. Si no me dejaba ella, iba a dejarla yo porque no podría soportar una relación con una persona mientras estaba pensando en otra.

Compré el billete de avión y entré en la sala de espera. La voz francesa del altavoz ya anunciaba que mi vuelo iba a salir cuando de repente, escuché a una voz aterciopelada, con un acento muy peculiar y muy familiar gritar mi nombre. Era Danièle. Estaba acompañada de una gran maleta y un pequeño bolso a juego con su falda vaquera. Cruzó la línea que nos separaba, me cogió de la mano y echo a correr.

-¡Vamos! No vamos a llegar a nuestro avión. Ya han anunciado que sale.

Mis orejas se enrojecieron cuando fui capaz de entender sus palabras.

1 comentario:

  1. Genial elección de ese narrador protagonista,que nos hace entender mucho mejor la historia. Seguro que a Fito le encantaría ;)

    ResponderEliminar