domingo, 27 de febrero de 2011

Silbido aterrador

Ya sé que hay mucha gente que no cree en los espectros, las casas encantadas, fenómenos paranormales, en el tarot, y todas esas cosas que forman un mundo de fantasía y terror.

Pero yo, Samanta Riego, de treinta y cuatro años y que trabajo en programa de radio sobre estos temas, voy a hacer creer a los más escépticos la historia verídica que me ocurrió hace unos años y de la que todavía me cuesta hablar, sin dejar correr alguna lágrima por mi mejilla.

Nos situamos en plena capital barcelonesa, un lunes 24 de febrero del año 2000, como todos los días, caminaba hacía el gran edificio donde se encontraba la emisora de radio del programa nocturno en el que yo misma participaba, cuando de repente,escuché un silbido extraño detrás de mí, pensé que sería cualquier coche que pasará por allí o los basureros que recorrían la calle con su camión realizando su trabajo.


No volví a escuchar ningún silbido más. Llegué ala emisora y comencé mi programa como si nada hubiera pasado, todo transcurría como siempre, yo leía la mano a uno de los invitados que venía, en este caso un famoso escritor barcelonés, que venía a promocionar su nuevo libro de misterio; después de advertirle que dejara alguna de sus costumbres que hacían mal a su salud y de predecirle un venta moderada de su nueva novela, llegó el momento de las llamadas de los oyentes. Nunca jamás, desde que empecé a trabajar en la radio, y de eso ya hacía nada más y nada menos que cinco años, una historia me había impactado de tal manera.

La oyente se llamaba Lucía, llamaba de un pueblo maño, no recuerdo el nombre, ya que nuestro programa era emitido en todo el país; tenía veintitrés años y nos contó la historia que le ocurrió a su bisabuelo hacía treinta años aquel mismo día.

Su bisabuelo había fallecido el 22 de febrero de 1970, debido a un repentino paro cardiaco, con la edad de cuarenta y cinco años. Como era lógico, el entierro se celebraría el 24, ya que debía de pasar al menos un día para enterrarlo.

El cuerpo del difunto lo dejaron en un cuarto a la entrada

del cementerio del pueblo, donde serealizaban las autopsias, ya metido y cerrado el féretro, al día siguiente, cuando sus familiares se acercaron horas antes del funeral, el ataúd se había caído del soporte en el que estaba colocado y estaba tumbado en el suelo, cuando lo abrieron encontraron al

anciano con la cara desencajada, de espanto y el la madera de enfrente de su cara, encontraron rayado parece ser con las uñas, ya que las suyas se encontraban en estado indescriptible, la palabra Socorro, lo que más llamó la intención de los forenses, fui la posición de la boca que presentaba el anciano, como si hubiera estado silbando, la familia corroboró que el hombre cuando se ponía nervioso silbaba para tranquilizarse.

Valentina, mi compañera de programa y yo, no gesticulábamos palabra, la chica acabó rompiendo el hielo, como lo que hubiera contado hubiera sido como ir a comprar el pan cada mañana, finalizó la llamada dando recuerdo a todo el pueblo entero, sin parecer percatarse de nuestra sorpresa.

Después de dos horas y media de programa, cogí el autobús para ir a casa, era notable las horas en las que me encontraba, estaba yo sola junto al conductor del bus, cuando me dejó en la parada que estaba a diez metros de mi casa, caminé hasta ella, de pronto en el portal del bloque de mi piso, escuche un silbido de nuevo, repetidamente, mi corazón se salía del pecho, no podía creerlo, no podía ser, pero sí, cuando me giré hacia la calle, me pareció ver a unos metros, un caja, un ataúd mejor dicho tirado en la calzada.

Muerta por el pánico que sentía, subí aceleradamente por las escaleras, me metí en casa y me tiré literalmente al sofá, me puse a ver la televisión un pequeñísimo rato ya que lo más interesante que emitían era el programa de adivinanzas del canal más cutre del mundo. Cuando puse un pie en el suelo, mi corazón se paralizó por unos segundos estaba tocando el cuerpo de alguien, sentí la frialdad propia de un cuerpo sin vida, y efectivamente cuando alumbre hacia el suelo con mi móvil encontré al anciano con el gesto de silbido junto a mi sofá.

Salí corriendo hacía fuera y debido al nerviosismo, caí por las escaleras, propiciándome un golpe en la cabeza y columna que me dejó inconsciente.

A la mañana siguiente aparecí tumbada en un cama del hospital provincial, y mi madre estaba postrada en una silla llorando como una desconsolada, les conté todo lo ocurrido, a ella y al resto de mi familia y amigos; gracias a mi compañera Valentina me creyeron y no me tomaron por loca. Lo peor de todo fue que debido al golpe perdí la movilidad de la parte izquierda de mi cuerpo y a día de hoy estoy postrada en una cama en la casa del pueblo de mis padres.

¿Así que no existen los fenómenos paranormales?

4 comentarios:

  1. Puf... lo de los arañazos en el ataúd es una de mis mayores pesadillas!1

    Muy buen relato. Y con la elección del narrador en primera persona, creo que gana mucho.


    Por cierto, os recuerdo (a ti y a tus compañeras de Carpe Diem) que el viernes 4 termina el plazo para el concurso. Sería una pena que no os presentaseis (además tenéis relatos que a lo mejor con una ligera ampliación o retoque... o incluso sin ella...) ¡Animaos!!

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  3. Creo que El anciano en realidad estaba vivo Cuando lo metieron al ataud y al despertar se espanto y trato de salir por eso esos rasguños.

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  4. Al rato y el anciano desperto y no estaba muerto y de la decesperacion rasgo El ataud

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