miércoles, 25 de mayo de 2011

Mi única vida, mi única importancia


Estoy en la cama y no puedo parar de pensar que en unas horas me voy a ir sin poder despedirme en condiciones de lo que realmente quiero y he querido desde el día en que llegué al mundo. No sé cuando volveré a pisar las tierras donde yo misma experimenté todas las experiencias conocidas hasta ahora. Mis amigos, mi familia, mis costumbres, mi pueblo… ¿Y si quizá no vuelva a ver a todas estas personas que ya forman parte de mi vida?


Aún recuerdo aquellos días de colegio donde todos estábamos juntos, como una piña: Miguel, Javier, Inma, Cris, Sheila, Teresa, Julián, Gonzalo,… no estábamos ni un minuto en todo el día separados. Claro está, que como todo el mundo, yo tenía más afinidades con unas personas que con otras. Siempre al salir del colegio yo acompañaba a Miguel a su casa, dejaba su mochila y luego pasábamos por mi casa. Algunos días íbamos al parque, otros a los montes a hacer travesuras, a coger ranas, a observar la naturaleza,…


Era primavera y aún no sabíamos lo que significaba estudiar de verdad. Aburridos en una acera, a Miguel se le ocurrió la idea de enseñarme “un sitio genial” que había descubierto hace unos días. Cogimos las bicis y nos pusimos en marcha. Tuvimos que pedalear por lo menos tres kilómetros pero al final llegamos a nuestro destino: Unas dunas de arena y piedras aguardaban en un gran terreno. Miguel se bajó de la bici, cogió un cartón y desde lo alto de una duna, se sentó en el cartón y comenzó a resbalarse como si fuera un tobogán. Reconozco que tuve miedo, pero Miguel tenía algo que siempre me hacía sacar el valor de donde nunca he sabido que lo tengo. Así pues, después de pasar el día soltando adrenalina, al día siguiente se lo dijimos a los demás.
Cuando llegaba el invierno, hacíamos casetas para refugiarnos del frío. Siempre hemos sido muy trabajadores y nos quedaban estupendas. Recuerdo que los mayores siempre nos las destruían. En la última que hicimos, teníamos de todo: Sofás, luz, bebida,… era como una peña, lo único que tenía de malo era que estaba un poco lejos. Un día, llegando del instituto en el autobús, nos informaron que ya no quedaba nada de nuestra caseta. A pesar del hambre con el que llegábamos todos a casa no comimos y echamos a andar patas arriba para ver lo que había pasado. El entorno cuando llegamos resultó ser todo cenizas. No había pruebas de que había pasado pero estaba bastante claro que no había sido accidentalmente. Alguien nos la había quemado. Por desgracia, aquel sinvergüenza no salió a la luz aunque todos sospechásemos de uno. A las semanas siguientes, nos llegó una factura de los bomberos diciéndonos que debíamos de pagar por haber venido.-siendo que no habían hecho nada porque llegaron cuando el fuego ya estaba extinguido-.
 
Bien se enfadó mi madre cuando vio la factura y se enteró de lo que habíamos hecho. Era verano y las noches eran aburridas, nos picaban los mosquitos y algo teníamos que hacer para pasárnoslo bien y estar a gusto. No se nos ocurrió otra cosa que subir al tejado del gimnasio de las escuelas y abrir un hueco para poder entrar. Había colchonetas, balones, espalderas, porterías y todo lo que uno se puede imaginar. Era el mejor lugar para un niño y más si estabas sólo con tus amigos. Al principio entrábamos los de siempre: Miguel, Sheila, Inma, Javier, Gonzalo, Julián y yo. Resultó que los demás niños se fueron enterando hasta que nos juntamos en el gimnasio todas las cuadrillas del pueblo. Como era de esperar, la gente se enteró, pues seis o siete personas no son lo mismo de sigilosas que treinta, y tampoco es lo mismo si son unas personas sigilosas y cuidadosas que si son unas sin remedio. El caso es que la gente se enteró de que alguien entraba en el gimnasio y pensando que éramos ladrones llamaron a la guardia civil. Todos salimos por patas al darnos cuenta de que estábamos pillados pero como bien acabo de decir, estábamos pillados. Pillaron solamente a una o dos personas (no se sabe quién) y esas personas empezaron a nombrar a otras personas que habían participado en el acto. Finalmente, no nos quedó más remedio que pagar por el agujero y porel allanamiento.

Y es que son estas personas a las que más quiero; con las que he vivido todo y he aprendido todo, desde saber leer y escribir hasta cuando empezamos a fumar y hasta ahora. Y pienso que vaya donde me vaya, y me vaya el tiempo que me vaya, estoy segurísima de que nunca les voy a olvidar porque son con diferencia lo mejor que he tenido, tengo y tendré en toda mi vida.

1 comentario:

  1. Qué bonito y qué divertido tu texto, Carmen!

    Me encanta :)

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